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jueves, 3 de abril de 2014

Soy una fetichista de las palabras

Pues sí. 

Pese a mi tendencia a asaltar y desnudar con violencia a mis emociones.
Pese a acuchillarlas y destriparlas una vez su sangre fluye ya lenta y espesa. 
Pese a observarlas con todo tipo de utensilios y manuales para descubrir sus aristas.
Pese al metódico sistema de robotización que inicié hace años y que me llevará -algún día, espero- a extraer de esta partida impuesta sólo aquello que me satisfaga, descartando cuanto me resta...


Pese a todo esto, o quizás precisamente por todo esto, sigo siendo una fetichista de las palabras. Una obsesa.

Y me pregunto cómo he llegado a perfeccionar tanto el sistema que utilizo para diferenciar unas de otras. Y por qué siguen siendo tan poderosas a la hora de acercarme u orbitarme lejos de quien las pronuncia o escribe. Cómo soy capaz de darles tanta importancia en algunos casos y luego esquivarlas o detenerlas frente a mi mano, cual Neo, cuando van cargadas de pólvora o directas a mi mentón. 

Por qué, pese a mi precaución, conservo la capacidad de dejarme atravesar por ellas, sintiéndolas otra vez nuevas y preciosas. Y por qué me dejo golpear... hasta que los suspiros brotan humedeciéndome por dentro y por fuera, convirtiendo esta esfera de plomo en una manzana lista para ser devorada. O en una coliflor.


Las palabras pueden ser nada... como los besos o las caricias. Vacías. Nulas.

Dicen por ahí los gurús de la autoayuda que «el maestro aparece cuando el discípulo está preparado». O algo así. Pues debe ser parecido lo que sucede con las palabras. Y con los amores.

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